lunes, 8 de abril de 2013

El Abuelo

Aquella mañana vestías tu camisa a cuadros blancos y azules, cuyo aroma era una armoniosa composición de tu perfume y tu piel. Tu vejez fue perenne, pero jamás dejaste de ser un muchacho. Tus ojos obedecían al asombro de levantarse y vivir cada momento, desde que abordabas ese microbus, ¡tanta gente puso sus vidas en tus manos, inocentemente viajando a través de la ciudad! Fuiste más que carril citadino, fuiste camino perpetuo en el corazón de la familia. Caminaste por tu preciado jardín, exististe junto a él con un cigarrillo en la mano. Cruzaste la puerta sin que te viera, pero llegaste tan cerca, que la noche resplandeció cuando sentí la llamada: eras tú, te habías ido. Atravesaste todas las puertas, pero en cada una dejaste una huella.

Una tarde de antaño, nos llevaste a respirar. Sentimos a Dios tan cerca nuestro, que nuestras mentes jamás olvidaron. Apareciste de la nada y te fuiste con todo, nos adelantaste el paso en medio de los arbustos y las colillas de cigarrillos, en las flores de la abuela matutina, cuando el rocío del viento acariciaba nuestros rostros imberbes. Volvía de noche, sobre las piernas de mi madre. Tu cigarrillo sin salir de la boca, se consumía con las ráfagas que entraban por las ventanas. Te recuerdo así, desde que mi rostro era niño hasta que comenzó a envejecer. Mas, tú no envejeciste, tu vida fue constante hacia el destino.

Esa mañana fue la última que te vi. Te levantaste para recibirme como una visita, pues el trabajo no me permitía visitarte diariamente, o cada hora, o segundo, como hubiese querido. Te pusiste tu vieja colonia, encendiste un cigarrillo, te hundías en el sillón con la sonrisa esbozada en tu rostro constante. Te veías cansado, pero la alegría no se iba de tu ser. Te conté de mi vida, relaté mi experiencia, te busqué desolado para luego hallarte rígido como un estante, con las lágrimas escapando desesperadamente. Es que pedíamos la eternidad para ti, abuelo querido. Y jamás pudimos darnos por vencidos, nunca pudimos aceptar que ese cáncer te llevaría. Yo te amaba, abuelito, fuiste tan profundo en mi vida. Como el viento lejano que sopla en seguida, tu alma se escapó para siempre, hasta llegar a lo pronto.

Aquella tarde estuve contigo, pero al final tú estuviste conmigo. Porque sabías que dentro de poco... sería nuestra última noche. Tomamos té, escuchamos música, tocamos tu antiguo teclado, toqué guitarra y te canté tantas canciones... Esa noche te acostaste exhausto, pero sé que feliz, porque te despediste y supiste que aunque no verías el final de mi historia, mi vida debía gran parte a la tuya..

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