Ya está, estoy aquí, lejos del mar y del eco retozante de sus olas. El verano está aparcando en nuestras esperanzas y todo se tizna con el humo de lo novedoso de la incógnita. ¿Cómo el descanso pudo comenzar con el corazón ardiendo arriba de un avión que volaba a 35 mil pies de altura y terminar en medio de las contradicciones y tu amor que cae oblicuo como el rayo de sol en el ocaso? Aunque todo término es un comienzo, y a veces lo vivo tenga apariencia de muerto, ¿cuántas veces lo muerto tiene apariencia de vivo? Muchas veces he visto por las calles de Santiago amantes que van de la mano pero que sus corazones se divorciaron en la discusión anterior; otras, vi en las avenidas de la Ciudad Vieja en Montevideo una pareja de ancianos de la mano alimentando las palomas (si el amor es real, es capaz de alimentar); y, desde la altura del cerro de Tongoy, podía reflexionar mientras olía el mar: cuán grandioso espectáculo que pone al hombre frente a la inmensidad de la incógnita del mar... Es probable que este verano haya sido absolutamente distinto a los anteriores; quizá, este fue uno que me tuvo en las antípodas de la realidad... ¿quién sabe? A veces quienes más opinan son los que menos saben afrontar sobre aquello que opinan... La vida se vive y las decisiones fundamentales se llevan hasta las últimas consecuencias: esa es la forma en la que podremos decir que hemos hecho algo valioso en nuestras vidas y el sabor del fracaso no será amargo, sino tenue como el vino uruguayo. Ahora bien, si hay contradicciones que es posible sortear, entonces la satisfacción sabrá dos veces como el vino chileno: una en la boca y otra en el corazón.
Ya está, estoy de vuelta en mi alcoba vacía y tu presencia es inmanente a mis deseos de amarte. Yo no sé lo que piensas, porque piensas tanto que a veces llegas donde no me es posible llegar. Yo quiero ser amanecer y ocaso en tu cuerpo, más la tormenta convulsiva de tu corazón y tu mente no me dejan brillar como quiero: si me das la posibilidad, yo entonces iré allá donde me pidas e iluminaré en las zonas más sombrías de tu corazón. Sin embargo, soy un hombre real, ¿sabes? Aunque muchas veces las personas piensen que soy un hueón idealista y que ando por la vida cuenteando a las personas. Conozco varias personas que hablan o piensan así de mí. Y no las culpo. Algo que aprendí de la vida es que las personas viven en la exterioridad de lo ajeno, en el mundo, en las personas, en los otros y por eso sus juicios nos parecen tan importantes (Sartre dijo: "El infierno son los demás"), porque precisamente por estar perdidos en lo ajeno olvidamos lo propio y lo que más nos puede constituir: el conocernos (o saber qué queremos). Como te decía, yo soy un hombre real: me sacó la cresta trabajando como todos y estoy construyendo lentamente el sueño que tuve de estudiante; voy lentamente haciendo las cosas que quería y una de ellas fue conquistarte; me levanto temprano y me acuesto tarde; estudio demasiado y como mal; a veces fumo y me tomo mis copetes; toco guitarra y canto; cocino muy bien y muchos podrían ser testigos de ello; también soy buen dueño de casa y me gusta salir a pasear por las tardes; me gusta tomar buen café y a veces tomo una copa de helado; voy poco al supermercado y los malls me atraen de a ratos. Soy un tipo normal y ofrezco una vida normal.
Acá estoy, soy un tipo normal o pretendo serlo. A veces, en las noches, mi espíritu se suelta y dejo de ser un hombre tan normal: me voy en una actitud que muchas veces no comprendo, pero que me ha acompañado por mucho tiempo. Y, entonces, comienzo a escribir... La mayor parte de las canciones, la mayor parte de los poemas, la mayor parte de las cartas que te he escrito, han sido obra de este espíritu enloquecido que me aborda. Sin embargo, me enamoré de ti en la cotidianidad de mi vida.
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