Hay momentos en que el cansancio vicia todo lo que haces. Entonces, ninguna estrella puede brillar y, en caso de hacerlo, no la logras ver. Quizá, mañana una estrella brille y pueda verla. Y, entonces, me daré cuenta que la luz no se va jamás, sino que se esconde de soslayo en medio de mi vida.
Irremediablemente vuelvo a las palabras que me conducen a la reflexión, a la ansiedad (o a su aniquilación), a la destrucción de mi mismo, a parir un ser que no quiero dentro de mí, que no quiero dentro de mis entrañas, como si se tratase de una abominación estomacal que me consume y me lleva al delirio. Concuerdo plenamente con los suicidas, pero no podré jamás ser uno: vivo la vida como un deber.
Si bien soy un kantiano, soy uno a quien la razón le produce nauseas. No veo el por qué de ciertas situaciones que aquejan mi existencia:
¿Por qué aspiro a cosas que no existen?
¿Por qué soy tan inseguro?
¿Por qué soy molesto para las personas?
¿Por qué no logro hacer feliz a nadie?
Vivo y muero pensando en los demás. Sin embargo, los demás pocas veces piensan en mí (o así me hacen sentir) "Uno acepta el amor que cree merecer", dice el protagonista de una película. Es un profesor hablándole a un alumno frente a una pregunta que este le formula. Detrás de todos los seres pareciera haber un amplio sendero oculto y que jamás puede revelarse: aquel es la vía que aquí dejo expresada. Pues, no puedo llevar esto a las personas que amo, pues se preocuparían por mí. A veces lo converso con amigos, pero siempre en un nivel de distensión y casi con risa. Lo hago parecer algo divertido, sin razón y que, por lo demás, no representa un problema en mi vida. Sin embargo, nadie sabe que mi dolor se expresa como un veneno que atraviesa mi sangre y me ahoga.
Yo también ahogo a los demás. Tiendo a ser tan preocupado por los otros, que los otros tienden a verme como un problema, como un desperfecto, como un hinchador. Sin embargo, yo lo único que quiero es hacerme parte de sus vidas, serles esencial: He ahí mi pecado. Jamás podré ser esencial para nadie más que para mí mismo. Yo me conozco a mí mismo, quizá soy un socrático de la autognosis. Y en eso radica toda mi verdad, en que nadie se conoce, o pocos se aceptan y, aunque yo me acepto por completo, la constitución de mi identidad también requiere de la aceptación de los otros, que me vean como alguien que vale, como alguien importante para sus vidas, como alguien en quien confiar, a quien recurrir y en quien encontrar una palabra, un abrazo, una lágrima compartida... Esa es lo que quiero que los demás vean en mí.
Probablemente este sea un gran descargo de conciencia, y lo veo como una necesidad. Porque cada día que me levanto pienso en las personas que amo, en las personas que dejaré algún día, en todos los proyectos que alguna vez estuvieron en mi corazón, en todos aquellos que partieron y que por momentos necesito, en todos los jóvenes que van pasando por mi aula, donde doy lo mejor de mí para que se transformen en personas dignas, honestas, sinceras y que, por sobre todo, aprendan a amar al otro como debe ser amado. Porque a veces las demás personas me parecen como amantes imperfectos, como seres que aman sin saber qué es el amor (y lo que dicen no lo saben o lo saben pero no lo practican) En fin, son tantas y tan variadas las cosas que podría decir al respecto.
¿Es tan difícil pedir al menos un día perfecto en la semana? Ir al café y verla sonreír, con su rostro alargado y su mirada agradable, sus labios delgados y su chasquilla hacia un costado. Caminar por la calle como dos enamorados, sin el temor de ser sorprendidos, pues no hay pecado en lo que hacemos. Observarla caminar y decirle alguna estupidez que la haga reír a carcajadas; sentir el calor de su mano delicada y pequeña; oler el aroma de su cuello al ser besado; sentirla mía, compañera y amante, camarada y amiga: ¿tan difícil es que ocurra esto que a veces ocurre y que tanto ansío? Sin embargo, preferiría algo mejor. ¿Por qué no puedo vivir sin la ansiedad, sin el descontrol de mi corazón y la brumosa y espesa neblina de mis delirios? Quizá viajar a su lado y ser frío o no decir nada. Ser un compañero silencioso. Comprender que no debo alterlarla con mis auto-referencias. Atravesar el camino sonriendo, pero sin atosigar. Observar la calle y ver a la gente pasar. No sentir melancolía al ver una pareja de la mano; comprender que el amor se da también en el silencio callado de besar sus labios solo una vez, para no cansarlos del roce. ¿Tan difícil es tratar todo esto?
Es posible que esté loco. Quizá, siempre lo he estado, pero mis ganas de amar y hacer feliz a otros ha podido desviar sus miradas de mi locura. Entonces, me aceptan, porque soy simpático, porque soy divertido, porque canto, porque bailo mal y hago el ridículo, porque soy capaz de reírme de mí mismo, porque siempre que me piden algo accedo, porque soy buen amante, porque me desvelo por los que amo, porque jamás pienso en mí, porque mi única felicidad es disfrutar de lo que los demás me dan. Hoy me centro en ella, en quien amo y me ama, a pesar de mis defectos, a pesar de ser molesto y muchas veces ahogarla. Y no quiero que se vaya, porque no quiero que mi corazón se rompa nuevamente. Y, aunque eso es inevitable, quizá me ayude a comprender mejor este mundo, del cual no puedo escapar, en el cual quiero estar, en donde quiero construir mi hogar, en donde quiero ver mis semillas crecer... Este mundo, en el que le ruego a Dios me dé la oportunidad de ser feliz con aquella mujer que amo... ¿Hará Dios este milagro para mí?
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