domingo, 6 de septiembre de 2015

El infierno son los otros

Morituri te salutant...

Una larga valla me separa de la realidad. Ya no hay vuelta atrás. Mi vida se ha transformado en un sueño difuso, entremezclándose la realidad, las expectativas, la tragedia, la esperanza, la locura... No puedo pensar bien con todo este dolor en el cuerpo y en la existencia. Y reconozco que caigo, caigo desde una altura que no tolero, me aventuro en una profundidad que me hace daño, que me destroza de a poco, que carcome mi ser como un cáncer. No veo la luz. Mis ojos han quedado encerrados en una oscuridad que me abarca como un abismo. Estoy solo. Ese es el destino que los dioses me han otorgado. Ya no sirve la fe, ya no la esperanza, todo se ha ido a la mierda. ¿Cómo puedo seguir respirando un oxígeno que me condena a muerte, que llena mis pulmones de la materia que me condenará al no ser? Ya no puedo: la tragedia en el mundo es multiforme.

Y aquí sigo, como un trapo desvencijado, en el piso, sin dignidad, sin un puto lugar al cual pertenecer. Soy como aquello de lo cual todos se han despojado, por rabia, por descuido, por desamor.. ¿Por qué yo tuve que ser así? ¿Por qué valgo tan poco? Quizá el mejor sueño, sea el de la muerte. Esperaré a que salga el sol de invierno y se me conduzca con Virgilio a los infiernos. Si mi pena es quedarme allí, ¡qué más da! lo único que le brinda calor a mi existencia es el vacío de mis lágrimas que caen vertical sobre mi pecho, cobijando la falsa esperanza que tendrán otro en quien caer, otro quien las hará suyas, que comulgará con ellas. ¿De qué me sirve creer en Dios si estoy tan solo? Lo más terrible se aprende enseguida.

El túnel está allí: correré presuroso a abrazarlo. La sola oscuridad nunca me pareció tan atractiva, así como ilumina la muerte y su esperanza cumplida. Nada volverá a ser como era, porque la continuidad de mi vida se ha quebrado. Quizá sea el momento de mayor emancipación, cuando de verdad he logrado hacerme libre. Hoy más que nunca tengo el destino entre mis manos, pero correré el destino de Edipo cuando, por intentar vencerlo, cayó en su realización más profunda. Atravesaré las aguas clandestino; borraré todo rastro de mi vida; escanciaré el dolor más de una vez y me hundiré en sus aguas sin descanso. Es que yo ya no sé cómo vivir.

¿Te acuerdas cuando te dije lo desgraciado que me siento? Esa conciencia se tornará la única certeza, pues a quien no le queda más que un momento de vida, ya no tiene que disimular. No disimularé, afrontaré el destino de frente, de pie y con valentía. Es la única manera de darle a mi vida el último resabio de sentido. En fin, el infierno son los otros.

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