Un errante camina en medio de la noche: ya ni su sombra le sigue. Es que cuando se agotan las palabras, surge la desesperación por lo no dicho, o por lo que se exclamó y no bastó para armisticio. Sonaron aquella tarde tantas voces, que todos los veranos fueron obsoletos.
Caminaba en medio de la noche y su tabaco compañero acariciaba su carne enrarecida: la desesperación se colaba por su sangre y las lágrimas desgarraron su gaznate. Todo era posible en aquella hora pasada, mas, en la absurda discusión, quedaron desperdigadas todas las esperanzas. Porque cuando el llanto viene llano sobre las cuencas de los ojos, el hablar se torna tembloroso.
Las luces nunca fueron más sombrías; la gente pasando, parecían estatuas activadas por una moneda del destino. Y, por lo demás, ¿qué destino andaba sobre ellos? La desesperación obnubilaba su pensamiento. Un gran pesar se anclaba a sus zapatos. ¿Por qué aquellos en quienes uno más confía terminan siendo tus verdugos? Una pregunta, una bocanada de humo que se confundía con el vapor del hálito que regresaba a la atmósfera desde el microcosmos de su alma.
Nunca todo está perdido cuando la noche es aún una excusa.
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