Una vez existió un hombre que nada tenía
ni siquiera un nombre.
Cuando preguntaban
¿A qué te dedicas?
"A la poesía", contestaba.
Su ser caminó por ámbitos
que no sabía
y su prosa fue celebérrima
como la aurora.
Aquel día, los ríos se llenaron
de barro, de porquerías.
Nadie lo cruzó entonces,
no hubo quien pudiese
siquiera encausar su corriente
y aquel triste poeta
sumergió su cabeza
a ver si de pronto
hallaba vida.
Y como si de un volantín
se tratase,
voló por aquellas aguas
tan furibundas
y cuando sacó su cabeza
de aquel idilio
ya no veía
el barro que contenía
lo enceguecía.
Dios es fuerte y enorme
cuando las almas de los hombres
se hallan en el abismo
de la tristeza.
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