viernes, 27 de septiembre de 2013

Ellos son

Yo soy, el joven que brinda por la vida,
el que hace el amor en bosques etéreos,
el que buscó y encontró todas las señales
que lo condujeron a lumbreras revoltosas.

¿Quién soy? Una linterna alumbrando
hacia una oscuridad como boca de lobo.
¿Dónde voy? Hacia todas las trincheras
a campos donde el brío del viento aún canta.

Yo soy el que halló un rubí en medio del desierto
y mis manos contuvieron sus lágrimas callosas
como espíritus frotándose
contra una tumba azul grisácea.

¿Cómo iré entre todas las banderas del ocaso
aguardando que aparezca una quimera?
¿Podrá acaso el viento
soplar mis velas cansadas?

Tú eres, como el cántaro hecho a medias
y que debo con cuidado terminar.
Con mis labios doy el garbo de tu andar
tu delicada silueta, estallando en resaltar.

¿Qué belleza más oscura guardas tú,
que mis noches me las paso siempre en vela
descifrando tus secretos
en tu ofrenda de ósculo sibilino?

Y, ¿qué más da? Tú eres.
Viniste a cultivar un mar de estrellas
y mi corazón no pudo contener soberana luz:
Iluminaste mi vida, te transformaste en una de ellas.

¿Por qué te desmaterializas por las noches
que ahora no puedo ni besarte y te vas?
¿Es que acaso ya mis besos
no te alcanzan?

Él es: apareció como la brisa matutina
que nadie observa aparecer.
Él vino y se llevó el brillo
de las lámparas del cielo.

Y, ¿qué es él?
Una quimérica figura transvasijada
de lo que antiguamente
activé en tu corazón.

Él es, no lo puedo ver, pero lo es.
Campos de trigo se inclinan muertos
hacia Febo.
Ya no viven, ya no vive su fuente de energía.

¿Él es y tú eres?
¿O soy yo y mi soledad?
Porque cada mirada que te lanzo
se estrella con un muro de desesperanza.

Nosotros somos, como un cauce seco
cuyos campos recuerdan
procesos de otros tiempos,
vitalidades de épocas pasadas.

¿Ya no somos el río que éramos?
¿Por qué ya no saltan las truchas
como corazones saltaban
en nuestros juveniles pechos?

No lo sé, mas, ya no somos.
La ruta que tomamos se acabó.
Es quizá que nunca fuimos dirección
hacia un eterno porvenir.

¿Somos? Sí, pero en otros sistemas,
pues ya no cuidare la rosa
de todos
tus planetas.

Y, como temí en todas las vesánicas noches
de oscuras y delirantes pesadillas,
la figura de la realidad
ha llegado a mis pupilas.

¿Por qué no fuimos y por qué ahora eres
en otros brazos,
en delicados besos
que te otorgan protección?

Ya no somos, pero yo sigo siendo
y tú sigues ahora
con la única y más triste diferencia
que desde acá
en la oscura playa que comencé a habitar
te proyecto hacia el horizonte
y surge la verdad:
Ya no somos, ellos son.





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