Desde este círculo asfaltado
se ven tus cumbres y tus árboles,
como pequeñas estrellas profundas.
Percibo la brisa que te acaricia
y me trae tus efluvios acuosos
de blanquísima nieve derramada.
Desde acá, puedo entender a la mujer que amo.
Continúo trepando por el valle hacia tu cumbre
y los vientos bajan y me arrullan
con una repetición ensimismada.
Cada vez más cerca, veo una casa:
niños juegan y corren entre risas.
Imagino las risas de tus habitantes internos
y se esboza en mi rostro su silueta.
El templo araucano surge como tronco
de un viejo y extraño presagio
de madera nueva y excelente,
atraviesa mi mirada en relumbrancia.
Mi corazón palpita y te alzas en lontananza.
Cordillera absoluta, esencial forma callada,
el soplido del viento que te canta
enfrentándose a tus rocas
y a tu polvo de muerto.
Desde acá te veo, "¡Oh, cordillera alta!
Me esperas, sobre las nubes"
Y el canto de los acordes le resoplan
tenues melodías a mis oídos necios.
A tus pies, vive una mujer callada
y en sus delicados labios
lleva un cigarrillo humeante.
Mi corazón palpita y mis pies tocan los tuyos.
Arribo y el movimiento se torna más pausado,
es que he llegado y mi corazón palpita.
Atravesé la nube tóxica, aureola de la ciudad
y respiro un aire que refresca mis sentidos:
camino lentamente a través de los pastizales
y los caballos beben de una vertiente en arrullo.
(Desde el espacio una flor cae
como un meteorito aromático
y se posa sobre tus senos desnudos
y te acaricia como mis manos temblorosas.
Lentamente te quito tu vestido de nube
y acaricio todas tus fronteras
como un loco que entra a un territorio mágico.
Ya es hora: tu alma se entremezcla con la mía
y cantan, cantan y no dejan de cantar
una melodía que se eleva hasta los cielos
con la alta cordillera de testigo.
Enjuago tus labios con la miel de mi deseo
y me individualizo como una estrella
alta, desde el cielo.)
Mis pasos se apuran al ritmo de mi respiración
y el corazón me cabalga en el pecho:
sé que la veré, y estará tan perfumada como un lirio.
Ocuparé todos sus espacios vacíos,
me inmolaré en sus brazos de hembra cáustica,
soplaré fuerte todos sus rincones
y gemirá como una leona herida.
Y, mientras viajamos por la órbita del deseo,
tú, cordillera, serás el centro de gravedad
del absoluto delirio de amor y violencia
que desataremos a tus pies:
crearemos la sensación del fuego
quemando noches blancas.
Será absoluto el término definitivo.
Así es la vida en medio de esos campos,
de uvas frescas y chocolate tan dulce,
como los ojos de la geografía chilena.
Esas tierras, hechas con el material de los delirios
en las cuales florece el césped más excelso.
Y reposaré junto a ella, mujer extenuante,
desnudos, como dos locos, expulsados recién del Paraíso.
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