Vivimos sorprendidos desde tiempos inmemoriales,
Pero en un territorio del Asia Menor, unos hombres decidieron que no debiese seguir siendo así:
Desde entonces, no observamos las estrellas ni la coordillera nevada, sino para hacernos de su fulgor o de sus cimas.
Olvidamos que además de proyectar, se puede estar.
Por eso nos atrajeron toda clase de artilugios,
Cuando nos dimos cuenta que de nada servía la Enciclopedia, ni los niveles hipostasiados a los que la hemos llevado (acaso Voltaire no vomitaría sobre el teclado de un computador),
Comprendimos que era necesario respirar, tanto así, que incluso hoy hay quenes se suicidan en Alaska.
Fuimos lejos, pero olvidamos desde dónde veníamos;
Corrimos todas las cortinas y no vimos más que otros escenarios encortinados,
Le cantamos a todos los dioses, y quisimos creer que solo había uno; sin embargo, jamás nos dimos cuenta que Dios éramos nosotros mismos proyectados hacia el infinito en perspectiva espiritual.
Creamos toda clase de naves, mas siempre se nos acababa el combustible;
Manejamos la naturaleza hasta el punto de sentirnos ajenos en nuestras ciudades, como animales salvajes dentro de jaulas conceptuales.
Y, a pesar de todo, seguimos siendo los mismos pitecántropos de siempre.
Enséñame todas las cosas que ignoro de ti, pues de mi ignoro más de lo que puedo soportar y de este universo, me siento simple partícula en la incertidumbre.
¿Entonces? Vino la guerra a todas horas y los niños cantaban esperanzas absurdas, en las aulas que eran espacios interdimensionales entre el ser y el deber ser.
Cogimos todos los caminos y no estábamos sino en un río heraclíteo de amarguras, gestadas por la intolerancia que nos producía la Verdad. Nadie supo preguntar mejor que Sócrates, nadie actuar mejor que Cristo y nadie fue capaz de transformar la naturaleza en algo tan perverso como la raza humana.
Y todas las criaturas cantan: ¡Es el hombre! ¡Huid del que carece de pezuñas!
No hay comentarios:
Publicar un comentario