lunes, 9 de septiembre de 2013

No fue mía

Todavía recuerdo la última vez que la vi. Llevaba sus ojos de miel con ese misterio que jamás fui capaz de escanciar, como una bóveda absoluta e impenetrable. Su rostro alargado y su sonrisa fácil: me observó y quise decirle tantas cosas, pero solo pude decirle que me esperara. Cuando cayó la noche, callaron las palabras. Ella ya se había ido y parte de mí se fue con ella. Me dirigí a mi cama y me acosté: todavía estaban su perfume y algunos cabellos sobre ella y la habitación se desdibujaba en efluvios de amor. Estaba tan seguro que jamás volvería a tenerla, sin embargo pensé por última vez: "¿Y si la llamo?".

Los días avanzaban como las mareas. El viento agradable de septiembre fue lentamente transformándose en un calor que no soportaba. En las noches tibias me gustaba sentarme en el ante-jardín y tocar la guitarra. Le canté tantas veces que me olvidé hasta de mí mismo. Una de esas noches, vi atravesar una luz por el cielo: era una estrella fugaz, o quizá un satélite. Le pedí un deseo: "Quiero volver a verla, aunque sea un minuto".

Faltaban semanas para Navidad, cuando la vi. Atravesé la calle para acercarme a ella, pero noté que estaba acompañada. Un hombre, unos diez años mayor que yo, se le acercó y ella se refugió en su hombro. Supe inmediatamente que ya no me pertenecía -y, quizás, que nunca me perteneció. Entonces, seguí mi camino y me perdí en la abigarrada muchedumbre.

Algunas noches, cuando pienso en ella, me doy cuenta que jamás fue mía. Sin embargo, también comprendo otra cosa: que ella habitaba más mi corazón que su propio cuerpo. Entonces, de algún modo, era mía. Y, al pasar de los años, se transformó en una princesa que vive en una casa nevada dentro de un juguete desvencijado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario