cabalgo por la estepa de la memoria.
No hay más que soledad.
Y, aunque clame por ti,
no hay más que soledad y hastío.
El único propósito de mi cabalgata
esalejarme de tu centro,
pues el vacío me llena de oscuridad
como boca de muerto.
Viniste para hacerme la vida imposible,
como imposible hice la vida a otras.
Porque siempre el dolor hecho,
jamás es deshecho y retorna como el invierno.
Copos de nieve caen sobre la ciudad lobrega:
son cenizas de muerto, de incinerado.
Aunque atraviese el amplio tramo
que separa el jardín de tus habitaciones,
llevaré conmigo el incienso de muerto.
¡Lluvia! ¡Cae desesperada sobre mi cabeza!
¡Atrapa el viento que caló mis sentidos
y los emborrachó con su elixir ponzoñoso!
Finge, al menos, líquido bilioso,
humedecer mis ojos que están llenos de lágrimas.
Porque no encontraste mi cabeza vacía,
mi alma vacía,
mi pecho destrozado y sin corazón latiendo.
¡Arranca esta pena! ¡Abre la vena carcomida!
La mirada contempla en su esencia nublada
lo que otros cuerpos carroñeros comen.
Su brújula impertinente está obnubilada,
se antoja de vicios que no tienen cabida.
Viaja, derrocha, se emborracha del mundo
de los esqueletos vivientes que llamamos personas.
Y si ve de pronto un rostro sonriente,
se enamora.
Como los pájaros que vuelan desprevenidos,
se enamora del canto de las bocas siniestras.
Y el minero enterrado con su sordo clamor
se escucha más fuerte desde el mismo Averno.
Y las aves vuelan por un cielo terrible
lleno de truenos y de tempestades holocaustas.
El marinero ve tierra donde se le espera
con la daga lista para ir a su cuello
y detener su mirada
y detener su palpitación desolada
y detener, y detener su vida.
¡Tolvanera imperiosa, tímida nieve quemante,
hasta dónde llegarán mis calvarios altisonantes!
Busco una piedra para descansar el alma,
busco ser piedra, para repudiar el vicio
de la vida consciente, de haber sido lanzado
a un mundo vacío, desquiciado.
Quizá este verso demuestre a tu alma
que no se parecen las flores de muerto
a las que coronarían tus pies, como una virgen romana.
Desquiciada mi mente te personifica
y mis pensamientos se transforman en un teatro trágico
donde se interpreta la obra de eterno retorno:
¿Quién soy, sino el eterno desesperado?
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