Un extraño mundo se desdibuja más allá de mi pupila:
es un mundo donde muchos tienen muy poco
y pocos tienen obscenamente mucho.
¿Dónde está el límite del exceso en esta tierra de nadie?
Me levanto temprano y veo rostros entristecidos,
bostezan y claman, sus vidas están en una rutina
y no ven más allá de sus miradas cansadas,
no encuentran la luz en sus almas rutilantes.
¿Dónde está el camino hacia la liberación de mi pueblo?
¿Qué pueblo, el chileno, el peruano, el boliviano, el argentino?
Mi pueblo es el de mi hermano, el que rompe todas las fronteras.
Nosotros somos la fuerza vital de la Latinoamérica unida.
Nos han hecho ver una locura hipostasiada,
cuando somos el brillo de esta tierra desolada.
Paseo mi mirada por los valles centrales,
por los ríos australes, los lagos interminables
y no veo más que vida, de todos y cada uno
que un hombre de corbata ha inscrito como suya
en la ridícula lista de la propiedad privada
un crimen según Proudhon, una amenaza según la izquierda
una necesidad proletaria, según el capitalista
y se hace de noche en nuestros ojos cansados
y no vemos el día en que puedan liberarnos.
Y todas las ideologías se transforman en sádicas prácticas
de políticos corruptos, de lobos disfrazados en trajes Zara
y no vemos más allá de las lobregas ventanas
del Transantiago aquel día de pago
cuando el dinero dura unos minutos en nuestras billeteras flexibles
que se tornan documenteras en cuestión de segundos.
Continúa la vida en su oxidado mecanismo
y unos pocos siguen siendo los amos del mundo.
Mañana cuando despierte sonreiré al menos
a ver si logro pulir la mugre con la que nos han cubierto el rostro
de todos los pueblos de todas las épocas
seres nauseabundos que hoy piden nuestro voto.
Te encontraré de mañana, con tus labios pintados
y tu mirada preciosa de profesora chilena.
Y entonces volaré tan lejos como podría hacerlo
con mis versos ocultos bajo el brazo desierto.
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