jueves, 8 de agosto de 2013

Gemido

El vidrio semiempañado de la ventana le permitía ver borrosas imágenes del exterior, donde la lluvia humedecía las calles, dejando una huella oleaginosa en cada vereda. La ciudad parecía más callada y más triste, mientras los amantes despoblaban las calles y se dirigían melosos a los departamentos desperdigados desordenadamente por toda su extensión. Una gota callada atravesó su mirada y centró su atención en el delicado cauce que se iba formando e inmediatamente borrando a medida que bajaba verticalmente por la ventana: "es como mi vida -reflexionó-, como en las noches que sigo habitando en la soledad de la existencia". En uno de los mitos de la Creación, Dios crea al hombre y, al verle solo, le ofrece compañía. Sin embargo, esa soledad no fue entendida sino en forma aparente: la soledad en la que concibió al hombre en su Perfecto Ser fue desde ya ontológica y atañe a cada nivel de su existencia como habitante del mundo. El primer hombre-mujer estuvo solo, como aquella tarde viajaba solitario en medio de la ciudad.

Se abrió la puerta del omnibus y una gélida ráfaga de aire penetró y abrazó a los pasajeros. Sintió un escalofrío recorriéndole la espalda: "Al menos, estoy vivo...", gimió. Un mendigo abordó la micro por una de las puertas. Estaba mojado y su mirada denotaba una tristeza consciente, mezclada con algo de dureza. Tiritaba en forma frenética, sin embargo, al paso de unos segundos arriba, dos jóvenes abrigados con chaquetas color amarillo, lo bajaban tomándolo del brazo: la ley no observa condiciones. Entre pifias y señales de molestia de algunos pasajeros, la vida en aquella ciudad olvidada por la geografía del mundo, volvió a lo cotidiano y el hecho no pareció continuar molestando a nadie. Años atrás, hubo un gran intento de disección del cerebro de muchos de los ciudadanos que habitaban esas felices calles, los cuales, comenzaron a vivir una vida que difícilmente escapaba al presente, a excepción de los días en que los créditos solicitados les recordaban las compras hechas bajo las condiciones de un pacto a futuro: sólo las relaciones económicas los transportaban al pasado o al futuro. Muchas veces, cuando pasaban por el costado de una tumba sin nombre, se quedaban preguntando cómo había gente tan olvidadiza que no grababa un epitafio en ellas. Así, pasaron los días viviendo en un eterno hic et nunc.

La tarde se hacía cada vez más fría, pues la lluvia declinaba. Él, observando viejos edificios abandonados, recordó el día en que su padre lo llevó a comer a uno de ellos. Entonces, como poseído por una pasión innecesaria, saltó de su asiento y tocó el timbre. Afuera la temperatura era considerablemente más fría que en el interior del omnibus, el cual se perdía por el camino hacia el poniente. Atravesó la calle corriendo y se encontró frente a un edificio de departamentos en el cual, alguna vez en el pasado remoto de su memoria, existió un restaurante que ocupaba el piso primero y segundo. Contemplando de pie la vieja estructura, las hojas caían mojadas y se apilaban pegajosas en las cuencas de los árboles que vivían atrapados en el cemento de la calzada. Sus recuerdos también lo hacían: se disparaban unos tras otros, apiñándose fisiológicamente en las cuencas de sus ojos. Quiso abrazar un pensamiento, un recuerdo, una idea, pero el inflexible transcurrir de la temporalidad de la conciencia le impidió tal placer. Comenzó a caminar.

Caminó y observó los rostros de las personas en forma desesperada, como buscando algo o alguien que lo trajera y lo uniera eternamente al club desmemoriado. Sin embargo, algo en su alma latía sin cesar impidiéndole tal giro. Se afirmó del tronco de un árbol y sintió cómo sus ropas iban mojándose y llenándose de un barro ceniciento. No soportó más el vacío y una profunda y poderosa náusea invadió su cuerpo: dos hilos de saliva expulsó de su boca y, de sus ojos inyectados en sangre, comenzaron a brotar ríos de lágrimas que no contuvo siquiera la mirada extrañada de los desconocidos transeúntes que a esa hora vivían en función de la borrachera de sus vidas sin sentido. Pues, ¿quiénes eran ellos, sino extenuantes y extenuados compañeros de camino, quienes con sus vendados ojos se acercaban cada día más a un exterminio irreversible? Un niño se le quedó mirando. Sus pequeños ojos se impresionaron y su mirada se cruzó con la suya: un bienestar momentáneo surgió, un impulso eléctrico circuló a la velocidad de la luz por todo su cuerpo, su cerebro envió señales desesperadas, pero intencionadas por la totalidad de su ser. Entonces, logró comprender por qué Dios salvó al único justo que habitaba en Sodoma y Gomorra...

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