"Lo lamento", fueron las últimas palabras que resonaron dentro de la consulta. Con los rostros llenos de dolor, salieron, sin comprender todavía la magnitud de lo que hace cinco minutos les habían dicho. Se sentaron un momento en los asientos de la consulta médica y lloraron abrazados.
Los treinta años de su vida habían sido una vorágine de experiencias de liberación, de encuentros y desencuentros que jamás terminaban. Como todo hombre, había tomado sus decisiones. Algunas adicciones, genética, cosas desconocidas habían desembocado en un cáncer de garganta. Hasta ahora había sido una persona relativamente sana, salvo algunos accidentes contextuales. Sin embargo, ahora sabía cuánto tiempo le quedaba y eso no sólo era un motivo de desesperación propia de quien se sabe ante lo irremediable, sino que, además, era la coronación de las luchas vitales que había llevado a cabo. Ahora estaban juntos, después de tanto que pasó, pero...
Necesitaban caminar. La muchacha no dejaba de llorar. Había por fin madurado un sentimiento confuso, pero continuo que se le había formado en el corazón hace ya tantos años. Estaba desesperada, no concebía la idea de que la persona que más había amado en la vida se marchara tan pronto y menos de esta manera. El joven perdía la mirada en el horizonte, sintiendo sus brazos pesados y un profundo vacío en el estómago. Una sensación de malestar y un picor en la garganta. Se sentaron en las bancas de una plaza y comenzaron a conversar sobre el asunto: "Debe haber alguna posibilidad...", "Tranquila, veremos qué hacer" "Pero, ¡yo no quiero que te vayas!" "Ya me he ido, otras veces" "¡No para siempre! El tiempo nos juntaba igual, ¡acuérdate!" "Esta vez nos separa..." Las nubes blancas viajaban por el cielo como espuma sobre un océano parsimonioso. Un suave viento acarició sus rostros.
"¡Tendremos que salir de esta! Hagamos algo, ¡RECEMOS QUIZÁ! No te puedes ir, no tienes que marcharte, ¡no quiero que te vayas por favor!" La muchacha lloraba con su rostro hundido en el pecho del muchacho. Éste, recordó un viaje realizado hace años. Ella era muy joven y habían decidido escapar de su madre. Atravesaron el país una noche de noviembre con la lluvia del sur sobre sus cabezas. Recostada sobre su hombro, le dijo "Tú debes cuidarme. Necesito que me protejas". Él la miró con ternura y se sintió completa y profundamente enamorado: "Jamás te dejaré" En la ventana del bus una gota atravesaba lentamente su superficie. Entonces durmieron.
Estuvieron muchas noches sin dormir bien. Se abrazaban, se amaban, intentaban descansar. Los días se hicieron más cortos y las noches más largas; los cielos despejados se poblaron de nubes, cuyos ojos comenzaron a derramar lágrimas aceitosas sobre la ciudad de Santiago. Hubieron amantes que tuvieron mayor oportunidad de soñar. Ellos, mayor oportunidad de "estar". La simple presencia de uno en la soledad de la noche, era una llamada amorosa a la compañía. Se abrazaban y se besaban. Se dormían con lágrimas en los ojos y la radio quedaba encendida sin que nadie le prestara atención. De ese modo, el tiempo se fue alargando como las sombras nocturnas de la calle.
Una noche, mientras estaban abrazados, ella comenzó a llorar. "¿Por qué?, ¿Por qué nos pasa esto a nosotros?", gemía la muchacha con los ojos llenos de lágrimas. El joven miraba fijo al techo e intentaba ser fuerte. La abrazó y le beso la frente. Luego, acarició su cabeza y comenzó a relatarle cómo se conocieron. "Una mañana iba camino a la escuela y apareciste de la nada. Me pediste un cigarrillo y te lo ofrecí (también te ofrecí lumbre). Comenzamos a caminar y a conversar. Cada mañana íbamos juntos. Yo no sabía por qué iba con una desconocida, pues me disgustaba caminar con desconocidos. Entonces, un día, dejamos de serlo y nos enamoramos". La chica lloraba y lloraba sin poder contenerse. Su llanto era un leve gemido que partía desde el mundo hacia el universo. De pronto, el joven se levantó y caminó hacia la ventana: había parado de llover y observó el cielo. "Ven", le dijo. Se abrazaron muy fuerte y miraron a través de ella. "Está despejando. Mañana será un día hermoso y debemos aprovecharlo", musitó el muchacho. "Te amo", respondió ella. Las nubes negras se alejaban tras la montaña y entre los espacios vacíos que iban dejando aparecieron millones de estrellas. Se acostaron e intentaron dormir. Las estrellas que titilaban en el firmamento intentaron resistir un poco más ser supernova.
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