Me encontré con un día luminoso
en el que todos los soles
penetraron relumbrantes
por la panorámica de mi mirada
¿Fue de tarde o de madrugada?
No recuerdo otro momento
que tuviera la fuerza
de todos los mares juntos.
Ahí te encontré
meciéndote de luna en luna
como polvo cósmico viajero
de trepidantes cometas
que otrora habitaron mi galaxia
en épocas caducas.
Y, frente al árbol desnudo,
pude verte de nuevo
con la nitidez propia
de unos ojos maduros,
sin mis pupilas trizadas
por el llanto de la noche.
Es que fuiste tan grande
en la noche estrellada.
Tu mirada y mi amor
agolpado en mi pecho
llegaban de aquí
hasta las estrellas.
Mas, estrecharte sería
nada menos que una vieja quimera
en un porteño arcoiris desvanecido.
Valiste tanto como mi propia estrella
que guardaba de noche bajo mi almohada
esperando verte, quizás de improviso
e invitarte un café una triste mañana,
cuando mis ojos, ya vaciados de lágrimas
puedan contemplarte sin interferencia.
Y mi boca grite lo mucho que ha callado,
mis mejillas se sonrojen,
mi pecho palpite con fuerza
y mi mirada se proyecte en tu inmensidad.
Porque yo te encontré inmensa
en la oscura galaxia.
Porque yo te vi grande
en medio de otros claveles.
Porque yo supe amarte,
pero no retenerte.
Para dibujar la noche en que nos conocimos
en que tu mirada borracha se cruzó con la mía,
escogí los bemoles y los sostenidos
de esta música triste
que fue el haberte conocido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario