¿Dónde guardaste el viento que acarició tu rostro
cuando en tiempos lejanos yo habitaba tu templo?
Y no bastaba más que la sonrisa abierta,
unas copas de vino y una mecha encendida.
Buscabas en el albergue de los besos idos.
Contemplabas cristalina la noche absoluta.
Una de ellas me preguntaste hasta donde se iba
esa gota infinita de mis besos callados.
Yo te vi aquella noche con tu sonrisa amplia,
con los ojos llenos de luces blancas.
Y no pude tocarte desnuda en mi cama,
pues volaste a otros mares más allá de mi ventana.
Te vestiste completa de los colores del cielo,
flotaste callada como una triste gaviota
atravesando un mar de silencio inmenso
y no te encontraste, porque estabas conmigo.
Si pudiera besarte aunque fuera un segundo,
no dudaría un minuto en enfrentarme contigo.
Desnudarte tenazmente con frenesí irrefrenable,
buscar tus lunares como signo de estrellas.
Viajaría por toda la piel de tus galaxias
y descansaría en tus senos orgullosos y frescos
como una flor lozana de primavera,
como una muchacha, como una cigarra.
Aunque busques y no encuentres este capítulo escrito,
no me llames cobarde por inventarme estos mundos.
Es que la noche es tan plena que la llevo con miedo
y refugio mi vida a la sombra de estos versos.
No, mi llanto no irá tras esos oscuros velos
de tu pálido rostro, de tu tímido templo.
Buscará otros mares, surcos ya conocidos
y esperará hasta el día en que sean los tuyos.
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